Diario del ciclista secreto en la Vuelta: una realidad, dos visiones

Foto: A.S.O./Charly Lopez
AFICIONADO: Te levantas y miras el perfil. Parece un día fácil. Como mucho, habrá un poco de batalla en la última subida y con lo conservadores que son hoy en día los líderes, es posible que ni siquiera veamos un mísero ataque entre los buenos.
Enciendes la tele sin fe. Miras que hay una fuga por delante pero no va ninguno de los 10 mejores. Todo fácil para el pelotón. Desconectas un rato. Comes con la familia sin estar pendiente de la Vuelta. Te sientas en el sofá antes de la subida final. Los escapados están muy cerca de ser alcanzados. Te levantas del sofá para hablar con un amigo por teléfono. Te vuelves a sentar frente a la tele cuando se está coronando el puerto. No atacan los líderes.
Escuchas algo de un caída y parece que Roglic estuvo metido en el ajo pero lo ves rodando en el pelotón y no le das más importancia. Envías varios whatsapp a otros amigos para organizar una barbacoa por la noche. Hay que poner el punto final al verano. Al final, llegan las largas y aburridas rectas llanas. El pelotón acelera. Caza a los escapados. Y hay sprint. Gana Magnus Cort Nielsen. El sprint ha estado chulo. Fin del día. 200 metros de emoción.
CICLISTA: Te levantas y miras el perfil. Parece un día complicado. Son muy pocos los equipos que han ganado y todo sabemos que las escapadas en la semana final serán mucho más difíciles, así que es ahora o nunca. El problema es que en los primeros kilómetros apenas hay tramos de dureza, así que no va a ser fácil que el pelotón se rompe.
Arranca el día. El calor es sofocante. Aprietas los dientes. Hay una primera fuga. No vale. Otra fuga. No vale tampoco. Sales con tres compañeros más. Consigues 5 segundos, luego 10 y más tarde 15. Miras por debajo del brazo. No hay distancia. Detrás siguen saltando. Estás enfadado, pero lo entiendes. Tú has hecho lo mismo hace muy poco. Estás seis, siete kilómetros intentando agrandar el hueco. No sirve de nada. Todos neutralizados y así durante decenas y decenas de kilómetros. Tus piernas están a punto de estallar. Tu cerebro también. Miras el ordenador de a bordo. Más de 40 grados. Al final cuaja una fuga. No estás. Respiras. Tendrás ración de bronca en el hotel. El pelotón no da tregua. No hay parón. Sigue forzando. Hoy no toca fuga. Apenas dejan más de un minuto a los fugados.
No te da tiempo a recuperar y sabes que enseguida llegan dos puertos. Dudas: sufres para intentar aguantar o levantas el pie para esperar a otro día. Por el pinganillo deciden que toca sufrir. Vuelves a apretar los dientes. Pillas un bidón. Llevas más o menos unos 25.329 bidones bebidos o tirados por encima. Sufres como un perro para pasar los dos puertos. No lo consigues, aunque bajando eres capaz de volver a entrar. Nadie para. El pelotón va enfiladísimo para preparar el sprint y estás otra vez a punto de cortarte incluso en el llano. Llegas a meta. Estás destrozado. Escuchas a un periodista preguntar a uno de los líderes: ¿un día tranquilo, no? Sonríes. Menos mal que nadie te pregunta a ti. Darías una visión muy diferente y muy poco educada.
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