Amadeo Olmos y el legado imborrable de un hombre bueno

Amadeo Olmos y el legado imborrable de un hombre bueno

En primer lugar, debo agradecer a Zikloland que me permita escribir sobre Amadeo Olmos. No pretendo con estas líneas redactar una noticia con todos los detalles de su vida. Esto es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más complicado: será un repaso personal de lo que Amadeo ha supuesto en el ciclismo español, del legado que deja un hombre bueno.

Conocí a Amadeo Olmos cuando era presidente de la Federación Valenciana de Ciclismo, es decir, una federación sólo provincial que apenas tenía capacidad de actuación dentro de una Federación de la Comunidad Valenciana que gestionaba Manolo Pérez. Ese primer contacto me permitió ver desde cerca dos formas de ser y de amar el ciclismo bien diferentes.

Amadeo Olmos nunca fue un buen político. Jamás se sintió cómodo escribiendo unas palabras o leyéndolas en público. Él se sentía feliz en una dimensión muy diferente: trabajando en el barro. En ese sentido, pocas veces tuvo el ciclismo valenciano a un presidente tan predispuesto a levantarse a las cinco de la mañana para montar un circuito desde el primer rayo del sol, martillo y estaca en mano. Así se construyó el ciclismo valenciano y, sobre todo, el ciclocross valenciano, pero no olvidemos su tradicional contrarreloj de Llíria o la Volta a Valencia, elite y sub-23, una aventura que nació de la preocupación de cuatro locos ante la falta de carreras por etapas y que acabó cuajando en una de las mejores pruebas del calendario amateur español.

Y es que los años fueron pasando y también llegaron diferentes cargos y responsabilidades para Amadeo Olmos. Sin embargo, la presidencia de la Federación de Ciclismo de la Comunidad Valenciana acabó siendo la plataforma desde la que lanzó y consolidó el sueño de toda su vida: convertir su tierra en un referente internacional de ciclocross.

El ciclocross, antes de Amadeo Olmos, era una especialidad vasca, con algún pequeño foco en Madrid, Valencia o Galicia. Pero con Amadeo Olmos se cambió la tendencia de una forma lenta… pero también radical. Durante muchos años, la Federación Valenciana impulsó un calendario autonómico sostenido con más de una docena de competiciones, lo que generó una presencia masiva de ciclistas (entre otras cosas porque involucró a las escuelas de ciclismo en el ciclocross)… y de esa cantidad acabó saliendo la calidad.

No exagero ni un centímetro cuando afirmo que un corredor como Felipe Orts no sería posible sin un Amadeo Olmos peleando en cada pueblo y con cada alcalde para sacar una carrera más de ciclocross. O que Sofía Rodríguez y Raúl Mira también son esos «hijos» del barro creados por un Amadeo que llegó incluso a ser seleccionador nacional, pero que disfrutaba mucho más yendo sin ningún cargo a ver igualmente el campeonato del Mundo y soñando con que la ciudad de Valencia respetara y le ayudara alguna vez a organizar una gran carrera de ciclocross.

Esa es posiblemente la única espina que se quedó clavada en su corazón: no haber sido capaz de convencer a los políticos de Valencia de que el ciclocross era un imán perfecto para el turismo mundial. Haber convertido el ciclocross Ciudad de Valencia en una prueba de la Copa del Mundo es el único reto que no consiguió y en el que fracasamos los dos, puesto que un servidor también intentó ayudarle en esa aventura y nunca supe dar con la tecla.

Sin embargo, ese sueño personal acabó cristalizando en otro lugar: Benidorm. Y es que ese caldo de cultivo generado en la Comunidad Valenciana fue muy bien desarrollado por Pascual Momparler ante la miopía de todos los alcaldes y políticos de la ciudad de Valencia, por lo que Amadeo pudo ver esa realidad consolidada, aunque fuera en la ciudad más turística de toda España, por lo que esa espina acabó resuelta en parte.

La Copa del Mundo de Benidorm o ciclistas como Felipe Orts son parte del legado que deja un buen presidente y, sobre todo, una buena persona. Y deja una familia que supo entender y asumir que su Amadeo era un bendito enfermo del ciclismo. Si alguien no tuvo la fortuna de conocerlo personalmente, les diré que siempre se presentaba diciendo: «Soy Amadeo, de Campanar». Y cuando el interlocutor preguntaba extrañado qué era eso de Campanar. El respondía: «¿Conoces Valencia? Pues Valencia es un barrio de Campanar». Así era Amadeo, un hombre orgulloso de ser de Campanar y de ser un enamorado del ciclismo y del ciclocross.

JORGE QUINTANA