«La rueda de la mentira»: Lance Armstrong, un mito, para lo bueno y para lo malo

«La rueda de la mentira»: Lance Armstrong, un mito, para lo bueno y para lo malo

El ciclismo es un deporte maravilloso que, desafortunadamente, desde sus albores ha desarrollado una gran tolerancia interna hacia la picaresca y el atajo. Demasiada. Es posible que no guste leer una afirmación como la aquí reflejada, pero ahí está la historia. Tampoco es agradable mecanografiarlo. Porque el ciclismo es hermosísimo y el que esto escribe no puede ocultar que para él tiene mucho de pasión. Pero la pasión no tiene por qué ser enemiga de cierta equidistancia. Al fin y al cabo ahí están las hemerotecas. Los hechos son los hechos.

Ahí están los trenes, los taxis, las anfetaminas, los estimulantes, las sustancias diversas, las inyecciones las bolsas de sangre y todas las declaraciones y confesiones que se han ido produciendo a lo largo de su centenaria historia. Cada época, a su manera; con sus métodos. Desde que Albert Londres inmortalizó en la prensa el contenido de los bolsillos de los Pelissier hasta la caída de Lance Armstrong, el ciclismo ha ofrecido decenas, cientos, de episodios vinculados con el dopaje, con las truhanerías. Casos que, con los años, con los avances, han ido ganando en complejidad. Pero como el de Lance Armstrong, de momento, ninguno. Por supuesto también están ahí los sacrificios, los esfuerzos, los duros entrenamientos, la valía de unas condiciones físicas. Es innegable. ¿Cómo podría negarse?

Pero el hecho cierto es que determinados escándalos han minado sobremanera el prestigio y la reputación del deporte de las dos ruedas. Esos escándalos no son el ciclismo, pero sí una parte de él. Negar su existencia supone no ser respetuoso con la verdad. Y para atajar las verdades incómodas, nada como la endogamia. Al ciclismo no le sientan nada bien algunos tipo de genealogías. “Los ciclistas siempre han encontrado la forma de poder hacerla más sencilla”, escribe la periodista estadounidense Juliet Macur sobre el Tour de Francia y podría decirse sobre el ciclismo en general. “Me han hecho doscientos controles a lo largo de mi carrera, y en cien de ellos tenía alguna sustancia en mi organismo. Me pillaron, pero las otras 99 veces no lo hicieron”, en palabras del austriaco Bernard Kohl, originalmente tercero en el Tour 2008 hasta que dio positivo por EPO CERA.

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La portada del libro.

Mucho de lo plasmado en estas líneas previas aparece directa o indirectamente, literal o metafóricamente reflejado en “La rueda de la mentira” (Libros de Ruta, Bilbao, 2017), el libro de Juliet Macur que aborda la carrera de Lance Armstrong, su génesis, su auge, su explosión y su caída. Es posiblemente la obra más completa de todas las que se han publicado sobre el tejano, al menos de las que hemos podido leer, sobre todo por ese aporte de otras realidades y otros prismas que en absoluto aparecen en obras mucho más edulcoradas como bien pudiera ser la visión que el propio Lance ofrece de sí mismo en su autobiografía (Mi Vuelta a la vida, RBA, Barcelona, 2000; tutelada por Sally Jenkins) o la de Luca Caioli (El doble desafío de Lance Armstrong, Viceversa, Barcelona, 2009), por citar dos ejemplos editados en castellano.

Dos ejemplos necesariamente incompletos, faltos de una parte de la historia que no había acaecido aún y en la que Macur profundiza con maestría, con el aval de varios años de dedicación profesional al asunto y todo el grueso de fuentes e informaciones que eso supone y conlleva. En “La rueda de la mentira” no es tan importante qué cuenta, que por supuesto lo es por la identidad del protagonista principal, sino el cómo. Es una exposición de los hechos que bebe del periodismo, es un gran reportaje de más de 400 páginas rico, muy rico, en fuentes, testimonios y demás.

Un ejercicio textual que entronca bien con aquellas tres máximas atribuidas a la prensa del formar, informar y entretener. Una obra que debe ponernos en alerta atendiendo a un testimonio de Don Catlin donde avisa, para vender las bondades del pasaporte biológico, de que la vigilancia no es una garantía absoluta. Y del que Lance, víctima de sus actos, no sale especialmente bien parado. Macur, así lo consideramos, directamente no acusa, más bien contextualiza al protagonista. Y para ello traza una completa y coral evolución de su vida y su carácter desde sus años más tiernos. “Si alguna vez Armstrong tuvo algún tipo de escrúpulo, las prácticas establecidas en el deporte le convencieron de que no merecía la pena tenerlos”, llega a escribir. Ciertas conclusiones manan de forma automática.

La Agencia Antidopaje de Estados Unidos concluyó en un completísimo informe que Armstrong fue parte fundamental del “programa de dopaje más sofisticado, profesionalizado y exitoso que en el deporte haya conocido en su historia”. Ahí es nada. Hasta su “derrumbe” Lance siempre negó cualquier acusación, las rechazó con violencia y no dudó en recurrir a la intimidación de propios o extraños, léanse los Andreu (Betsy y Frankie) la envidiosa prensa francesa/europea o el italiano Filippo Simeoni, por citar unos pocos ejemplos. Hasta que, acorralado (y quién diría que el primer paso serio comenzó con un insatisfecho y descreído empresario de seguros múltiples veces campeón del mundo de bridge, Bob Hamman), Lance acabó confesando con condiciones ante su amiga Oprah.

Pero hasta este bombazo televisivo, durante años, Lance proclama que le gusta la limpieza de su deporte, ataca a los que no les creen, difumina la evidencia y la muta en neurosis, insulta, descalifica, no refrena en absoluto sus emociones, se aprovecha de la legalidad vigente… Tilda de prostituta a una exmasajista, a David Walsh le llama “puto troll insignificante”, hacia sus exompañeros Tyler Hamilton o Floyd Landis tampoco salen palabras elogiosas, precisamente, y a la propia autora le dedica un sentido “se ve que suspendiste el puto periodismo en la universidad”.

Hace y deshace. Desafía. Ciertas declaraciones, con perspectiva, son de un cinismo tremendo. “No vamos a ser tan imbéciles de mentir”, recoge Macur en uno de sus capítulos. Sorprende leer que Eddie Merckx fue el que le presentó al doctor Ferrari, un galeno al que defenderá en repetidas ocasiones como podrá verse en estas páginas. El discurso de su batalla contra el cáncer y su compromiso a través de su fundación también fue un argumento recurrente a la hora de defenderse. Nos negamos a no creer que, en el fondo, fuera un sentimiento sincero más allá de un escudo o una máquina de generar ingresos. “Livestrong es la única cosa buena que he hecho jamás”, le confesó a la autora.

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La contraportada del libro.

En “La rueda de la mentira” se abordan muchas cuestiones y la verdad es que muy pocas son amables, ya sea sobre el propio Lance, ya sobre el ciclismo en sí. Como cuando se deduce que a mejor médico, mejor equipo; como cuando se esgrime que la banda sonora del ciclismo es el cling cling del dinero; como cuando J. T. Neal, mentor del joven Lance, apartado de su vida en un momento dado, muestra su preocupación por su excesivo interés por el dinero, por cómo hacerse con él, cómo conservarlo y cómo lograr siempre un poco más, fuera o no ético; como cuando en muchos momentos de esta obra se muestra cómo usa a los que le rodean, ya sean asesores, amistades, mecenas, parejas sentimentales o su propia madre; como cuando Lance, en sus últimos tiempos, admite que no tenía que haber regresado al pelotón tras retirarse, porque de hacerlo no habría caído… “En resumen, (Lance) había sido un matón tramposo y mentiroso”.

Lance ha pedido perdón, pero durante años él no ha sido capaz no ya de perdonar, sino de dejar de acosar y condicionar. España, su ciclismo, que aparece varias veces en la obra, con menciones directas a las prácticas de algún que otro doctor, o las malas famas de algunas formaciones profesionales, incluso ciclistas anónimos, o en relación a las bases de temporada en Girona, es también el lugar donde Armstrong y Bruyneel ponen los cimientos de alguna forma para conquistar el primer Tour, en 1999. Concretamente la Vuelta a España de 1998, donde Lance finalizó cuarto.

Iniciarse en la lectura de Lance Armstrong, la rueda de la mentira tiene algo de spoiler asumido, por lo menos para nuestras generaciones. Es decir, sabes qué es lo que te vas a encontrar en sus páginas. Porque la figura del tejano es la que es, o ha sido la que ha sido, y es imposible no mencionar ciertas peripecias vitales en tanto que ya son, de alguna forma, patrimonio del imaginario colectivo sobre su estampa. Un mito, para lo bueno y para lo malo. Pero lo mismo que se destaca ese carácter luchador, ese afán de superación, esa batalla ganada a una enfermedad tan puñetera como el cáncer, ese retorno triunfante a la competición y ese dominio aplastante de la gran carrera por etapas del Planeta, lo mismo que todo eso aparece en sus páginas, la obra de Juliet Macur da un paso adelante para enfocar todos los hechos desde una globalidad muy interesante.

El ciclista acaso fue víctima de su propio personaje. O de un sistema. Él fue importante, pero no estuvo solo. “Me estaban preguntando por el dopaje de Lance, pero por entonces doparse era como ir al servicio. Y me resultaría imposible decirte cuántas veces he visto a Lance ir al servicio”, le cuenta Hincapie a Juliet Macur en un capítulo. “El ciclismo es un deporte lleno de fármacos, y ya está. Siempre será un deporte farmacológico”, aporta John Hendershot, exasistente de Lance Armstrong. La rueda de la mentira gira… hasta que llega un momento en el que se pincha.

Ficha del libro

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