Degenkolb: «Mucha gente dudaba que pudiera volver a mi nivel»

Foto: ASO
A principios de esta década que ya empieza a tocar a su fin, una nueva hornada de ciclistas alemanes se destapaba al máximo nivel mundial. Y, sobre todo, dos velocistas dejaban boquiabiertos a todo el mundo. En la estructura del Argos-Shimano -que hoy ha heredado el Team Sunweb-, John Degenkolb y Marcel Kittel empezaban a mostrar un horizonte distinto al ciclismo germano, arrasado por las oscuridades del pasado.
Un jovencísimo Degenkolb de 23 años ganaba cinco etapas en la Vuelta a España 2012. Un año después, Kittel se iba del Tour con cuatro victorias y John lograba una en el Giro. Los dos compartían equipo y surgía la duda: ¿Cómo van a convivir estos ‘monstruos’ en el tiempo? La pregunta la solucionó el tiempo: Degenkolb fue evolucionando en un clasicómano con buena punta de velocidad a cambio de no poder medirse de tú a tú con los grandes guepardos del pelotón. Kittel, por su parte, se mantuvo como un sprinter puro. Pero hoy no es el protagonista de esta historia. Sólo un personaje secundario que compartía raíz con el principal.
Seis años más tarde, Degenkolb lloraba de felicidad tras conseguir en Roubaix su primera victoria de etapa en el Tour de Francia, y entrar así en un club donde ya hay muchos nombres importantes a lo largo de la historia, pero en el que sólo están los elegidos: el de ganadores de etapa en las tres grandes. Pero cruzar esa puerta no ha sido fácil en absoluto.

Principalmente, porque en medio de todo este tiempo hubo un hecho que por poco no se convirtió en tragedia: en enero de 2016, cuando el equipo Giant-Alpecin entrenaba en Alicante una conductora arrolló a varios de ellos incluido John, que estuvo tres meses sin poder competir con un brazo roto y a punto de perder un dedo. Cuando volvió, era una sombra de sí mismo: «Todo el mundo me decía que tras el accidente ya estaba acabado. Yo respondía que no. Que tenía al menos una victoria más. Que me faltaba una gran victoria más», decía llorando tras cruzar la meta de Roubaix.
Y efectivamente, la tenía: «Esto es la felicidad pura. He pasado momentos muy duros. No tengo palabras», repetía. Ya hacía años que había mutado en clasicómano, un cambio que tomó su máxima expresión en 2015 cuando, en apenas tres semanas, ganó la Milán-San Remo y la París-Roubaix. Su combinación de condiciones era perfecta: potencia para andar en las piedras, velocidad sobrada para rematar en grupos pequeños, resistencia para pasar días largos y la capacidad de pasar los muros y cotas.
Pero todo aquello parecía habérselo llevado ese coche en Alicante. Ganó algo, aunque poco, en 2016: una etapa de la Arctic Race -por delante de Kristoff y Démare- y el Münsterland Giro. Fichó por Trek-Segafredo para el año siguiente y lo saldó con una victoria de etapa en Dubai. Regresó al Tour y logró acabar segundo en Bergerac, precisamente detrás de su otrora compañero Kittel. Después pensó en la Vuelta. La carrera donde se presentó al mundo como un ganador. Al quinto día, un virus que devino en bronquitis lo bajó de la bici.

Degenkolb, por fin en el Tour. Foto: ASO
Empezó el 2018 con doble victoria en la Challenge de Mallorca y, ahí sí, parecía recordar al de otras épocas. Las clásicas, en cambio, no se dieron como le hubiese gustado. Pero ayer, camino de Roubaix, entró en el corte definitivo gracias a su potencia para rodar en el pavé. Y con uno de esos sprints suyos, de zapatazos sin mover un ápice la trayectoria de la bici, derrotó a Van Avermaet y Lampaert para lograr esa gran victoria que sabía que aún tenía pendiente a sus 29 años.
«Han sido tiempos muy duros para mí y estoy muy contento de poder dedicarle esta victoria al mejor amigo de mi padre, una persona que me ayudó mucho al principio de mi carrera deportiva y que murió en un accidente de trabajo este invierno. Esto es para él. No hay forma de que esta victoria sea mas dramática, más bonita o más fantástica». Era el llanto de la emoción. Y también el de la liberación. John Degenkolb ha vuelto en el mejor escenario para hacerlo. En la etapa del Tour que ansiaban todos los clasicómanos.


