El día de descanso es el día secreto de las grandes vueltas por etapas. Los aficionados no nos ven pero nosotros seguimos metidos en carrera. Por eso una vuelta grande nunca dura 21 días. Son, como mínimo, 23 y alguno más si añades los días previos al inicio que sueles pasar en la ciudad de la salida.
En el día de descanso vivimos el día de la guerra. Es decir, la guerra entre lo que te mandan y lo que quieres hacer; la guerra entre lo que sabes que debes hacer y lo que en realidad te pide el cuerpo; la guerra entre el deber y el placer. Después de tantas etapas, lo que necesitas es descansar. Es una necesidad física pero también psicológica. Lo que te pide el cuerpo es quedarte tumbado en la cama todo el día. Pero sabes a ciencia cierta que si haces eso, al día siguiente estarás muerto. Así de sencillo.
Por eso muchos equipos toman la decisión drástica de obligarte a entrenar dos horas y hacerlo a mediodía para evitar que te sientes a comer un menú al que no estás acostumbrado. Es una manera de dejarte dormir por la mañana, permitirte una pequeña siesta, pero impedir que el cuerpo se llene de comida y de líquidos a mediodía. Hay otros equipos que en cambio son totalmente anárquicos y dejan que cada uno haga lo que crea conveniente.
¿Cuál es la mejor fórmula? Pues como siempre en la vida: depende de cada corredor. Los hay que son capaces de mantener la disciplina y los hay que necesitan un impulso externo. E incluso los hay que necesitan desconectar de la disciplina. Al final, si somos 200 corredores, hay 200 métodos de afrontar el día de descanso, lo cual no quiere decir que haya 200 métodos correctos. Y el martes se verá bien pronto que algunos fallaron a la hora de afrontar el día de descanso.
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