La octava etapa del Tour de Francia se disputará entre Libourne y Limoges. En total, es una jornada de 200,7 kilómetros y un perfil que encierra más de una trampa en los kilómetros finales. No, no hablamos de alta montaña. Tampoco hablamos de un terreno llano como el de la jornada precedente. Hablamos de un día en el que resulta probable que haya sprint. Pero sólo probable.
Los primeros 130 kilómetros de la octava etapa del Tour de Francia son ideales para los rodadores: todo es llano y propicio para el pelotón. A partir de ese punto, comienzan las pequeñas dificultades. Por ejemplo, la Cote de Champs-Romain obligará a los ciclistas a superar 2,8 kilómetros al 5,2% de pendiente media.
Y a partir de ahí se irán conectando los pequeños repechos en un territorio comanche ideal para los ataques y los contraataques. Quizás no es terreno para que se muevan los hombres de la general. Pero está claro que los sprinters más puros lo van a tener difícil. Por ejemplo, a menos de 10 kilómetros de la línea de meta habrá un último alto puntuable, con algo más de 1 kilómetros al 5% de pendiente media. Lo dicho, nada muy exigente. Nada muy sencillo.
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