El Tour de Francia se pone serio, muy serio. Apenas llevamos seis etapas y la carrera viaja desde Pau hasta la cima de Gavarnie-Gèdre, una jornada de alta montaña y con paso por algunos de los puertos más míticos del territorio francés, con mención especial para el Col d’Aspin y el Col du Tourmalet.
Los ciclistas deberán afrontar un total de 186 kilómetros, con una parte inicial de 100 kilómetros de ligera tendencia ascendente, pero sin grandes puertos puntuables y, por tanto, en la que podrán ir relativamente cómodos dentro del pelotón. La etapa, eso sí, cambia de guión a partir del mencionado kilómetro 100. Ahí comienza la subida al Col d’Aspin, con 12 kilómetros al 6,5% de pendiente media y considerado alto de 1ª categoría.
La siguiente ascensión es el más exigente del día y una de las más duras de toda la carrera: el Col du Tourmalet (Souvenir Jacques Goddet), puerto de 17,2 kilómetros al 7,3% de pendiente media y que lleva a los ciclistas por encima de los 2.100 metros de altitud, lo que siempre supone una exigencia extra.
La última subida es la más complicada de todas aunque haya sido considerada de 2ª categoría. Y es que hablamos de 18,7 kilómetros al 3,7% de pendiente media. ¿Y por qué es tan difícil? Sinceramente, el corredor que haya perdido tiempo en el Tourmalet va a perder muchísimo más tiempo en Gavarnie-Gédre, porque ese terreno de falso llano es donde más diferencia se puede marcar entre un ciclista que vaya fresco y uno que esté muerto. Día para los hombres de la general y será clave si algún equipo puede tener gregarios en la última subida.
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