La Vuelta a España está siendo azotada por un virus: el COVID19. Pero también por un reglamento que, cada vez más, tiene voces en contra y que está forzando abandonos de ciclistas perfectamente sanos y, por otro lado, está permitiendo que algunos se marchen a casa a las primeras de cambio. Lo que parece evidente es que algo no está funcionando del todo bien y los perjudicados son los ciclistas, los equipos y la propia Vuelta.
El director de Kern Pharma, Juanjo Oroz, ha sido tajante y descriptivo en sus declaraciones: «La sociedad lo ha normalizado y nosotros tenemos que hacerlo. A veces te dan ganar de dar un puñetazo en la mesa. Hay dos corredores que sin un síntoma se tienen que ir a casa. Aceptamos las normas. Pero estamos viviendo entre el público y esto se está convirtiendo en una ruleta rusa«.
Para que todos los entendamos, esto es lo que está ocurriendo: la UCI pide controles PCR antes del inicio de la carrera y en los días de descanso. Si un corredor da positivo, se analiza la carga viral, que es un modo de saber si un corredor tiene una infección en nivel alto o bajo. Si la carga es alta, tiene que abandonar. Si es baja y, por tanto, no puede contagiar a otros, puede seguir en carrera. Ya ocurrió con Bob Jungels en el Tour de Francia.
Y todo ello partiendo del sentido común: un ciclista con fiebre, derrotado físicamente y con fuertes dolores de cabeza, se retira… tal y como ha ocurrido durante toda la historia de este deporte. El problema es que esta variante de COVID está dejando muy pocos síntomas y eso hace todavía más difícil de asumir que un corredor se deba retirar sin sentir el más mínimo síntoma de enfermedad y ofreciendo un gran rendimiento deportivo.
Los mejores ejemplos son Simon Yates y Pavel Sivakov. Ambos disputaron la crono al máximo nivel y ahora están en casa. Pero como bien decía Oroz, hay ciclistas que son obligados a retirarse sin tener siquiera un solo síntoma: ni dolor de cabeza, ni fiebre, ni ningún tipo de malestar. A partir de ahí vivimos situaciones caóticas por el propio funcionamiento interno de cada unos de los conjuntos participantes en la Vuelta: hay equipos que están todo el día haciendo test y que retiran a un corredor sin saber su carga viral y equipos que no hacen ni un solo test, puesto que no son obligatorios. Tienen claro que lo importante es la carrera y limitan los test a los mínimos exigidos por la UCI, una política que incluso parece tener el visto bueno de la organización.
También entre los corredores vemos extremos: hay ciclistas felices y que con un simple test de antígenos con poca fiabilidad fuerzan la retirada mientras otros que se ven obligados a irse a casa con lágrimas en los ojos y con la sensación de que son los últimos «muertos» de esta guerra. O dicho de otro modo: son víctimas de una normativa que cambiará en breve.
La única realidad es que la Vuelta está viviendo días muy duros y, por tanto, días con muchas víctimas inocentes de un sistema que tuvo su lógica en el pasado pero que con el transcurrir de los meses parece estar cada vez más obsoleto.
FOTO: lavuelta.es
